«Buenas tardes. Soy Virginia, su enfermera».

Virginia llevaba a cabo sus cuidados con los conocimientos y habilidades pertinentes, pero además con esas actitudes profesionales que Benner considera como nivel de experto y desde la ética se describen como el ethos profesional

Virginia

Esta frase la pronunció, hace un año, una enfermera del hospital de Guadalajara cuando entró, a las tres y pico de la tarde, en la habitación en la que mi hermano se reponía de una cirugía importante e iba asimilando una nueva imagen con la que tendría que convivir el resto de su vida. Y al escucharla sentí satisfacción de ser su colega, de pensar que alguna vez yo, también, podía haber transmitido a algún enfermo o algún familiar un sentimiento de confortación y de seguridad como el que Virginia me transmitía en ese momento, y que iba mucho más allá de sus palabras. Su presencia, el tono de su voz y su actitud comunicaban que estaba, aquella tarde, allí para mi hermano y su compañero de habitación.

Supe quién era nada más entrar. Era la enfermera a la que mi hermano se había referido en varias ocasiones. Además, Virginia había sido “mi alumna” hace más de quince años.

Virginia
llevaba a cabo
sus cuidados con
los conocimientos
y habilidades
pertinentes,
pero además con
esas actitudes
profesionales que
Benner considera
como nivel de
experto y desde la
ética se describen
como el ethos
profesional

– Ha estado hoy una enfermera que te gustaría mucho – me había dicho mi hermano.

– ¿Por qué? ¿Qué tiene de especial? – le pregunté.

– No sé. Nada en concreto. No sé… Pero da mucha seguridad, te hace sentir bien – me respondió.

– ¿Es especialmente habilidosa, con las curas, “al cogerte la vía”…? – insistía yo, tratando de precisar la singularidad de esta enfermera tan especial.

– No, no es eso. Eso lo hace como las demás. Es ella – explicaba mi hermano.

Y ella estaba allí, dirigiéndose, verbal y físicamente, al compañero de habitación que acababa de ingresar aquella mañana.

– Soy Virginia, su enfermera. Estaré con ustedes toda la tarde. ¿Cómo se encuentra? ¿Cómo va el suero? ¿A ver el brazo? – preguntaba, escuchaba y comprobaba el estado del enfermo.

– Dentro de un rato, con la merienda, le traeré la medicación que tiene que tomar. ¿Necesita algo ahora? – insistía Virginia.

El enfermo contestó que se encontraba bien y que no necesitaba nada en ese momento. Fue entonces cuando se dirigió a mi hermano.

– ¿Cómo estás pasando el día? – Y casi sin terminar la frase, reparó en mí.

– ¡Anda, pero si es Cristina, mi profesora! ¡Qué sorpresa…! – Sentí que se alegraba y me gustó.

Después de un escueto trámite de por dónde marchaban nuestras vidas profesionales, cerrado con un «luego te busco y tomamos un café, ahora quiero ir a ver a los enfermos», volvió con mi hermano. Porque Virginia, cuando hablaba con el enfermo, estaba con él y para él, le hacía sentirse el centro, el protagonista...

– ¿Cómo has pasado el día? ¿Cómo tienes la bolsa? ¿Necesitas que la cambiemos? –Dijo «la cambiemos», no que «te la cambie», como si la bolsa de la colostomía de mi hermano fuera cosa de él y de ella, de los dos.

Con sus «Buenas tardes. Soy Virginia, su
enfermera», Virgina transmite disponibilidad,
seguridad y confortación

Y en ese momento supe qué tenía de singular Virginia, por qué era tan especial, porque sabía decir «buenas tardes» como si fuera lo mejor que podía hacer para que una tarde fuera buena: estar allí cuidando a los enfermos. Porque, cuando decía «soy Virginia», se estaba responsabilizando en primera persona de lo que hacía. Porque, cuando decía «soy su enfermera», estaba poniendo a disposición de los enfermos y de la familia recursos profesionales que son necesarios y dan seguridad cuando se está vulnerable por estar enfermo o porque lo están personas allegadas.

Mi hermano no necesitaba, en ese momento, compartir con “su enfermera” el cambio de la bolsa y Virginia salió de la habitación a transmitir, con sus «buenas tardes. Soy Virginia, su enfermera», disponibilidad, seguridad y confortación. Y a ofrecer los cuidados y atenciones que precisaban sus pacientes, y estoy segura, porque tuve la oportunidad de comprobarlo, que los llevaba a cabo con los conocimientos y habilidades pertinentes, pero además con esas actitudes profesionales que Benner considera como nivel de experto y desde la ética se describen como el ethos profesional.

– ¿Has visto cómo es especial, cómo normaliza las cosas? –Dijo mi hermano, y yo supe a qué se estaba refiriendo.

Porque el que una enfermera se ofrezca, aunque sea su obligación, sin tenerlo que pedir, a cambiar, o ayudar a cambiar, una bolsa que contiene algo tan íntimo como son los propios excrementos, con naturalidad y hasta como suyo, hace que la dignidad de quien necesita ese cuidado no se resienta.

Gracias Virginia. Con este recuerdo a ti, y a las enfermeras que ejercen la profesión como tú, pretendo visibilizar lo que es invisible en los cuidados enfermeros y, sin embargo, muy satisfactorio cuando se percibe.