El pasado 8 de marzo, con motivo de la celebración del Día Internacional de la Mujer Trabajadora, conocíamos la brecha de género en educación existente en nuestro país gracias a los datos del informe PISA elaborado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, OCDE.

Somos un colectivo profesional consolidado y valorado, por lo que seguiremos ocupando nuevos espacios

Si bien los chicos presentan tasas de fracaso escolar más elevadas en todos los tramos educativos, las chicas, además de afrontar con más nerviosismo su día a día y con una autoestima más baja, siguen por detrás de los varones en las materias relativas a matemáticas, tecnología, informática y ciencias.
Obviamente, esta brecha no está determinada por “diferencias innatas de capacidad” sino que obedece a un factor sociocultural. Es decir, al proceso de socialización diferenciado en función del sexo que impregna nuestra sociedad en todas sus instituciones y procesos.
Son resultados verdaderamente negativos, que merecen la adopción de medidas correctoras urgentes. Pero, también es cierto, no deben enturbiar todos los logros conseguidos. Se nos olvida que hasta 1975 no se anuló la Licencia Marital en España, por la que una mujer necesitaba el permiso escrito del marido para ejercer derechos como firmar contratos de trabajo, cobrar un salario, obtener el permiso de conducción o abrir una cuenta bancaria. Fue en 1978 cuando se eliminaron los delitos de adulterio y amancebamiento y se despenalizaron los anticonceptivos. Hasta 1987 no se impuso la cuota de presencia femenina del 25% en los órganos dirigentes autonómicos. Hasta esa fecha no superaba el 8%. Fue en 2008 cuando, por primera vez en la democracia, 9 de los 17 ministerios estaban ocupados por mujeres y 8 por hombres. Una mujer estaba al frente de la cartera de defensa.
Es sorprendente que en este contexto social claramente discriminatorio para la mujer e inmerso en una cultura que la excluye de la esfera pública, la profesión enfermera, mayoritariamente femenina, consiga irrumpir en la universidad y consolidarse a nivel laboral con unas condiciones de trabajo dignas. El empoderamiento de la mujer, sin duda, ha influido en el empoderamiento de la profesión. Incluso en los primeros 30 años de enfermería podría hablarse de un recorrido en paralelo, pero es, en mi opinión, a partir del 2005, cuando aparece el punto de inflexión a partir del cual la profesión enfermera ha seguido conquistando espacios y la sociedad ha quedado en un periodo de letargo.
Si valoramos los cambios en la situación de la mujer desde 1975 hasta los 90 y 2000, el crecimiento es exponencial. Igualmente en lo que se refiere a la Enfermería: mejoras en horarios, turnos, época de pleno empleo y mejoras salariales sin precedentes. La crisis ha generado un parón importante en todo y para la enfermería, principalmente, en lo que se refiere a los salarios y al pleno empleo. A pesar de este freno, hemos continuado conquistando espacios académicos con el acceso al grado, máster y doctorado, hemos seguido implantando las especialidades enfermeras y somos los profesionales mejor valorados por la sociedad. Todo, a pesar de la crisis económica y los techos de cristal.
En 2015, somos reconocidos por la población como los profesionales sanitarios de referencia en todos los espacios sociales, como reflejamos en la publicación de esta revista. En este número os acercamos al trabajo de las enfermeras en las minas, en las calles, junto a mujeres en situación de prostitución, o en el ámbito rural. Lejos de predecir un futuro oscuro y catastrofista, como nos arrojan los informes y las cifras, hemos llegado a una actualidad social y profesional que podría calificarse de positiva y esperanzadora: existe una base social receptiva y sensible sin precedentes; existe un colectivo profesional consolidado que hará que en los próximos años las páginas de “Enfermería en Desarrollo” reflejen enfermeras conquistando las gerencias, las consejerías, los ministerios y, por qué no, la presidencia.