Hace un tiempo, escuché a Carol Dweck, psicóloga experta en psicología social y de la personalidad, hablar sobre el poder del “todavía”, el poder de creer que puedes mejorar. Y recuerdo que lo explicaba muy gráficamente: en vez de decir “no sé hablar chino”, si decidimos decir “no sé hablar chino todavía”, abrimos las puertas a la posibilidad.


Foto YolandaArtículo de opinión de Yolanda Núñez Gelado, directora de Enfermería en Desarrollo 


El aumento de la esperanza de vida en los países desarrollados, y el consecuente envejecimiento de la población, ha producido un incremento en la incidencia de patologías derivadas de la vejez, entre las que se encuentra la enfermedad de Alzheimer.

Desde 1944, auspiciado por la OMS, el 21 de septiembre se celebra el día mundial del Alzheimer y otras demencias. La enfermedad y sus consecuencias se demostraron rápidamente de tal trascendencia social, económica y política, que a partir de 2012 se decidió extender la conmemoración a todo el mes de septiembre, para dar así una mayor visibilidad a un grupo de patologías de las que, solo en nuestro país, hay más de un millón de personas diagnosticadas, incrementándose el número cada año en unas 40.000.

Sin embargo, los afectados por la enfermedad son muchos más. Por cada una de las personas que se diagnostica, hay una familia obligada a hacer cambios importantes en su vida para poder ocuparse de las crecientes necesidades de la persona con demencia, sin olvidar el impacto emocional que este diagnóstico tiene para el paciente y todo su entorno.

Los cuidadores familiares dedican muchas horas a la atención y el cuidado de la persona enferma, modificando su estilo y ritmo de vida. El cuidado se convierte en su actividad principal, cuando no exclusiva. Como consecuencia de ello, en poco tiempo pueden comenzar a aparecer alteraciones físicas, psicológicas o sociales y alcanzar valores altos de sobrecarga, lo que sin duda supone un riesgo elevado de que el cuidador se convierta en un enfermo secundario, en muchas ocasiones oculto.

Es por tanto imprescindible que las enfermeras nos aseguremos de que los cuidadores están en el centro de nuestros cuidados, al mismo nivel que el paciente, tanto en Atención Primaria como especializada o socio-sanitaria.

Debemos considerar el Alzheimer no como una patología individual, sino como una patología familiar y comunitaria, en la que los equipos de Atención Primaria sean el primer nivel de atención y tengan una función primordial en el seguimiento de la enfermedad y su repercusión, incluyendo la detección de situaciones de sobrecarga y estrés de los familiares cuidadores.

Desde el punto de vista de la enfermería, el abordaje del Alzheimer con garantía de calidad, supone también trabajar en una adecuada coordinación entre los distintos niveles asistenciales, y desde un equipo interdisciplinar, garantizando una atención integral.

Para poder abordar estos y otros aspectos de la enfermedad, y reducir el impacto que esta tiene en la sociedad, es imprescindible que, de una vez por todas, vea la luz un plan nacional contra el Alzheimer, tantas veces reivindicado, tantas veces prometido y tantas veces olvidado. Eso sí, que nuestros políticos no se olviden que para que el plan sea de verdad útil, y no solo una de tantas promesas electorales que se aparcan en un cajón una campaña tras otra, es imprescindible un compromiso presupuestario sostenible y mantenido a medio y largo plazo. Seguimos esperando.